Viento te golpea vas en busca de la paz, para otros soledad. Brisa que te alienta, ese olor familiar te envuelve, te guía hacia la mar, armonía. El sol acaricia tu cuerpo mientras una lucha bate a la mar con la roca. Una golpea, la otra ni se inmuta y parecen hablar, descargar su ira, compartir su alegría de vivir en libertad, atadas a una tierra que las cuida. Ruge la mar, se agita, ahora grita, calla y vuelve a hablar con esa roca que impune la mira. Soledad.
Este poema lo escribí en el verano de 2004 inspirada por un amigo del País Vasco que me aportó mucho bien.
Recuerdo perfectamente desde qué zona de mi pueblo lo escribí. Es un zona en la que hay unos pequeños acantilados, entre mi pueblo y el pueblo siguiente. Y en ese punto el mar golpea la roca. Allí acudía muchas veces para calmar ese fuego intenso que tenía en los primeros años de mi enfermedad. Me daba mucha paz y consuelo. Me sentía acompañada por esa masa de agua gigante.
Mi relación con el mar, al vivir en un pueblo costero, siempre ha sido muy potente. Me fascina a la vez que lo respeto. Porque el mar es una fuerza de la naturaleza que jamás podremos controlar los humanos. Mi pasión por él es total. No podría vivir sin él.
En los pueblos costeros el mar es muy importante y nos regula. El día que el mar está agitado, estamos en mayor o menor medida todos agitados. Y cuando está en calma el mar, las cosas fluyen mejor. No podemos dar de lado a la naturaleza, ella es más grande y potente que nosotros.