
Escúchala. Siéntela. Acaríciala. Deja que golpee, que rompa, que atraviese. Déjala caer con fuerza y rabia. Déjala que limpie aunque no sintiese. Déjala hacerse una, fusionarse, unirse con la tierra, el silencio, con la bruma, la mar, con la nada, el sentimiento, con el corazón, la crueldad. Poseidón se impone, su interior lucha contra mar y marea junto a ella, atravesando gotas y esencia, rivalizando con nubes y niebla. Temblando de ira en la batalla se alza, se corrompe, avanza la mar, la furia, el alma para golpear esa orilla en la playa mojada. Ella ingenua solo sigue, desfalleciendo mientras truena esa fuerza que no controla y la empuja precipitándose cuando un rayo la atraviesa. Acaricia y siente lo que toca, limpia y purifica los corazones grises. También golpea y descontrola a los que en su paz duermen. Ella cae, moja, empapa, cala dando vida a la vida, regalando muerte a quien la quiere, corazón a un mundo que no tiene, que añora y pulmones a ese alguien que lo grita. Desgarra lo irrompible, rompe lo incorruptible, tiene fuerza para matar, da un todo para alentar. Se va. Llega la luz de un cálido fuego que también atraviesa pero calentando a los corazones fríos alentados.
Este poema lo escribí con aproximadamente 17 ó 18 años. Probablemente invadida por una de las manías de aquella época, las primeras, en las que me sentía fuerte y poderosa. En la que sentía esa «falsa felicidad», como la he llamado siempre. Esa fuerza arrasadora en la que piensas que puedes con todo. Y aunque el mundo se desmorone a tu alrededor, tú no te das cuenta y tienes la fuerza de un toro. Esas manías en las que dormir está sobrevalorado (aunque sea tan necesario realmente), comer no te apetece, tienes una actividad frenética y, en mi caso, además fumaba a un ritmo que no era normal. Y probablemente no aceptaba la medicación.
Tras muchos años he comprendido que la medicación es básica para ser «normal» , si es que hay alguien normal en este mundo y no diferente a todos los demás. Pero al menos para encajar en un mundo al que le incomodan los muy diferentes a ellos. Pero encajar está bien. Poder llevar una vida corriente como la que llevo me gusta. Tener mi pareja, vivir independiente con él, tener mi trabajo, controlar yo mi medicación y sobre todo que la enfermedad no me limite, que sea algo que controlo yo y no ella a mí. Eso es un trabajo duro que me ha llevado muchos años pero… ¡vencí esa batalla!
Para aceptar la enfermedad pienso hay que hacerlo como se debe hacer con cualquier problema en nuestra vida, sea cual sea:
1º Admitir que tienes un problema.
2º Aceptarlo
3º Querer solucionarlo
Son cosas que parecen muy sencillas pero conllevan un proceso a veces más largo, otras más conto. Pero ¡se puede!
Por último os dejo aquí abajo foto del poema original que me ha parecido bonito porque realmente en el folio se ven los años que han pasado por él. A ver si encontráis la falta de ortografía 😉
